El Día del Silencio

•julio 19, 2008 • Dejar un comentario

Feibra estaba encantada. Era el primer año en que podía asistir a los festejos del Día del Silencio. Los anteriores, como todos los menores de 16 años, no había podido asistir y había tenido que irse a dormir como todos los niños de Seesa.

Desde niña siempre se había sentido intrigada por esta costumbre. La Fiesta más importante del año y todos los niños eran encerrados en su habitación, sin poder salir, y oyendo a sus mayores, padres  y tíos que se reunían hasta las doce de la noche, bebiendo y riendo. Y luego, a las doce, el silencio. Y los niños, aburridos, terminaban por cansarse y se dormían.

Los rumores en la escuela del Egrario eran de todo tipo. Desde que la fiesta era una celebración de las cuatro Casas en las que por una noche rompían sus diferentas e intercambiaban regalos, y luego algo más, a que el encierro de los niños era porque en la fiesta se consumían plantas especiales de los invernaderos que a sus frágiles cuerpos les hacían cosas extrañas.

Arzus, su pareja de experimentos botánicos en la escuela, decía que los niños que habían escapado y probado esas plantas se habían convertido en los Niños de la Sangre del Cementerio de los Patriarcas.

Si alguien le decía que los Niños de la Sangre eran sólo una leyenda para asustarles y que se fuesen a la cama él se reía en su cara y le contestaba que siguiese siendo un niño toda su vida.

Lo curioso de la fiesta era que cuando un niño cumplía la mayoría de edad, en Seesa se alcanzaba a los 14 años debido a las necesidades de las casas, tampoco se le permitía ir a los festejos del Silencio, y tenían que esperar hasta los 16 para asistir.

Para Feibra había merecido la pena.

Su familia no era muy rica, pero tampoco estaba entre las más pobres de Seesa.

La pequeña mansión familiar se había adornado con enormes lámparas de araña de color oscuro, que desprendían sin embargo una luz iridiscente que llenaba todo el salón principal.

Sus tíos, primos, y amigos íntimos de la familia habían ido entrando por las viejas puertas de madera, y su padre había sacado el libro de familia, el mayor tesoro familiar, para escribir en sus carísimas hojas de papel el nombre de todos los recién nacidos en la familia ese años.

Feibra también había tenido su pequeña dosis de protagonismo, cuando bajó al salón desde las habitaciones de arriba, y todo el mundo la aplaudió y la felicitó por ser su primer Festejo del Silencio.

Algunos de sus primos más jóvenes la besaron y le dijeron que ese iba a ser su verdadera entrada en la mayoría de edad. El fin de su niñez.

Feibra no entendía lo que querían decir, pero disfrutó enormemente de la fiesta.

Alimentos extraordinarios, como los dulces de la planta Leipidoria, que florecía con tres flores distintas en tres noches consecutivas, y cada flor tenía un sabor dulce distintos.

Era muy cara, y codiciada para hacer pasteles. Feibra no la había probado nunca.

También le encantó la caja de música que su madre sacó del desván. Feibra siempre oyó, escalera abajo y tras la puerta cerrada de su habitación, la música que sonaba en todas las fiestas de la casa, pero nunca supo de donde venía.

Al parecer, su madre la había comprado a un buhonero de la ciudad de Terdamis, famosa por sus artistas y por sus instrumentos musicales.

Pero nada en la fiesta le permitía comprender porque sus primos y sus hermanos pequeños estaban encerrados en sus cuartos sin poder disfrutar de tanta maravilla.

Cuando le preguntó a su padre, éste miró el viejo reloj de arena, heredado del abuelo Devren, y le dijo: “En seguida lo sabrás, hija mía”, y acto seguido la abrazó como si quisiese protegerla de algo.

Sólo la soltó cuando alguien llamó a la puerta, y todos en la sala callaron.

Su madre corrió a apagar la música, y su padre abrió el portón. Fuera, la noche era oscura, las luces de la ciudad lucían a medio gas, y un hombre extraño vestido de negro le hizo entrega de una flor negra a su padre.

– Es la flor del silencio, – le dijo su primo Bilpop, que había sido el último en cumplir los 16 el año anterior. – Se creía en ese invernadero oscuro que nunca está iluminado.

El hombre de negro con extraños ropajes se marchó hasta la siguiente casa, y su padre les miró a todos, con una gran tristeza reflejada en el rostro.

Acto seguido, olió la flor, y se la dio a su madre antes de salir de la casa a la oscura calle.

Su madre hizo lo mismo, la pasó, y también salió.

Uno a uno, sus familiares y amigos de la familia cumplieron con el ritual y salieron  la calle en silencio.

Cuando le llegó el turno, Feibra sabía lo que debía hacer.

Olió la rosa, se la dio a su primo y se dispuso a salir a la calle. Pero un repentino sentimiento la detuvo.

Su cuerpo se estremeció al sentir una tristeza arrolladora que poseyó cada fibra de su ser. De un plumazo, toda la alegría y el jolgorio de la fiesta desaparecieron, y sólo quedó el vértigo de la pena y un sentimiento de vacío que nada parecía poder llenar.

Su primo la asió del brazo, y la guió a fuera donde los demás familiares se habían apostado en silencio sobre los adoquines de piedra.

No se esperaba lo que vio.

Sus familiares, apiñados en la calle, aguardaban en un silencio tan profundo que parecía un ser vivo que estaba presente en toda la ciudad. A lo lejos, ningún sonido recorría las calles, ninguna algarabía venía de los puestos del mercado nocturno, o d las tabernas. Incluso el río parecía haber acallado su rumor. Un manto negro de silencio cubría Seesa, uniéndose a la pena de la flore negra y haciendo que el corazón de Feibra se estremeciese y pareciese querer hundirse y perderse en la oscuridad.

Nunca había sentido nada tan hondo, y tan triste.

La calle estaba llena de flores negras, tiradas en el suelo, gastada una vez su carga de tristeza.

Todos sus vecinos habían salido también a la calle, y miraban calle abajo, donde la mortecina luz de las apagadas farolas iluminaba un conjuntote  figuras que ascendían por ella.

Una enorme procesión de personas, vestidas como la que había llamado a su puerta, iban detrás de un anciano. Feibra lo reconoció enseguida. Era el Maestro Tenebros.

Llevaba en sus manos el Libro del Viaje, y a su lado, un pequeño hombre le acompañaba recitando de memoria lo que debía ser una oración a Adrient.

“La pena y la oscuridad cayeron sobre el mundo, y sólo Adrient supo verlo. Y guiarnos por las sombras, y a través del miedo, hasta nuestro hogar.

Hoy recordamos el fin de la alegría, y la llegada del eterno pesar, que toma la forma de un bello encierro, una jaula dorada rodeada de sombras. Pero por pesada que sea la carga de la soledad, y el silencio, siempre será peor el terror que nos espera en el Exterior.

Ese Terror tiene un nombre, uno que nunca pronunciamos, pero que hoy todos debemos recordar.”

El hombre calló, esperando, y al rato, una voz entre la multitud silenciosa pronunció un nombre: Plaga.

El hombre pequeño, que debía ser un sacerdote de Adrient, asintió ante la mirada impávida de Tenebros.

Uno a uno, sus familiares se fueron sumando al coro de voces que, con temor y tristeza repetían el nombre más temido de Seesa, Plaga.

Feibra comprendió que la Fiesta del Silencio no era un festejo de alegría, sino de la pérdida de ésta. De un tiempo en el que el mundo murió, y sólo unos pocos escaparon. Lejos de convertirse en una celebración por haber huido de su destino, El Festejo del Silencio era un recordatorio de que todos eran prisioneros de la Plaga, prisioneros de algo que no entendían, y que quizás algún día les alcanzase.

El festejo del silencio era el recordatorio de que su vida era una continua huída hacia delante, y del deber de todos por mantener Seesa a salvo. De ahí la presencia del Maestro Tenebros.

La procesión pasó, camino de otras calles y otras fiestas con las que terminar.

Colina abajo, Feibra pudo ver un destello de luz brillante. Y después otro. Un breve haz de luz, como un resplandor que iluminó durante un segundo la oscuridad. Pero pronto cesó, y ella se preguntó si los demás lo habían visto. Parecía venir d las fuentes de Calysandra.

Se preguntó si esa era la señal del fin de los “festejos” y si debía entrar en la casa, pero nadie se movió. Y la tristeza volvió a ella, olvidadas las luces fugaces.

Su padre le puso una mano en el hombro, intentando reconfortarla, pero ambos sabían que no había descanso para ese sentimiento que en esa noche poseía la ciudad al completo.

Todos permanecerían en la calle, hasta que llegase el amanecer. Silenciosos y recordando las palabras del sacerdote, la mirada de Tenebros y el perfume negro de la flor negra.

Pero sobre todo, esa noche, todos recordarían la soledad.

 

¡Hola, mundo!

•agosto 31, 2007 • 1 comentario

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